El Ateneo de Carora
Se celebró un aniversario más del Ateneo de Carora "Guillermo Morón", inugurado sobre los espacios baldíos de la familia Querales Álvarez. Ubicado en una calle muy transitada, plantas, esculturas y animales silvestres forman parte de un patrimonio que va más allá de aquellas cuatro paredes donde han acudido premios nacionales del campo de la liteartura, el arte, la historia y el periodismo. Sin embargo, se extraña la presencia de una figura muy amable y brillante cronista de la ciudad estancada en las redes del tiempo: doña Hilda.
Al referirse a la importancia del ateneo administrado por Juandemaro Querales y protegido por Óscar, doña Hilda, decía en su lenguaje coloquial que "la historia de la institución había nacido con la participación de una idea loca que le brindó su hijo letrado, se orgullecía de recibir a insignes visitantes entre los que se contaba un llanero parlante que sería presidente de nuestro país". Acaso de sus confesiones que aún recuerdo, la que me suenan como un tesoro muy preciado, es la de la saga familiar que le hizo invertir innumerables horas almacenadas en la memoria con mucha claridad y valor para expresar una novela digna de redactar por su valor.

Doña Hilda y el ateneo van de la mano y en el mismo curso, la alegría de servir al prójimo se hace notar en su labor de receptora de una comunidad que a diario consultaba la biblioteca, participaba en los talleres dictados por excelentes facilitadores entre los que se encuentran miembros de la dinastía Colombo y compartían la charla por las tardes solariegas. Cuando en forma particular hablaba con ella me entretenía en un viaje que nos alejaba de esa maraña enrarecida en un plano agreste que nos acercaba a la violencia de Chávez, un especie de imaginario que me llevaba a internarme en el universo de la imaginación. Es bueno recordar que el ateneo no recibió en momento alguno apoyo del gobierno ni de la empresa privada y se debate entre los muchos desaciertos culturales que amenaza acabar la revolución que ronda en la mente dislocada de los dirigentes rojitos. Duele manifestar esto pero la obra retro de nuestro gobernante nos hace transitar directo al reino alucinante del pasado, echando por tierra una máxima prescindible del marxismo como lo es la del hecho reaccionario.
La amistad, la bondad y la alegría mostrada por doña Hilda eran las mejores cartas de presentación que ella poseía. Con una apariencia de madre bondadosa, de persona solidaria, sin prejuicios; sensible en el buen sentido de la palabra, cuando de la injusticia se trataba, como si nunca hubiera perdido el don apacible de la alegría o al menos no se la dejaba robar, como decía el humanista español. El ateneo amparó, hechó raíces, creó movimientos de opinión, fundó su sello editorial, contribuyó a la formación integral de muchos hombres. Por otro lado doña Hilda, Juandemaro, Sol, Óscar, los ateneístas y los vecinos le dieron sentido al oro ineludible de la calidad humana. Soñaron las fidelidades de la libertad de opinar, de discutir y respetar, para hacer realidad la pluralidad y examinar hecho cruciales de la política y la cultura nacional. El ateneo irradia un rayo de luz que guardamos con un tesoro. Porque ha sido una regalo de la familia Querales Álvarez a nuestro transitar por la literatura y el arte.
Al referirse a la importancia del ateneo administrado por Juandemaro Querales y protegido por Óscar, doña Hilda, decía en su lenguaje coloquial que "la historia de la institución había nacido con la participación de una idea loca que le brindó su hijo letrado, se orgullecía de recibir a insignes visitantes entre los que se contaba un llanero parlante que sería presidente de nuestro país". Acaso de sus confesiones que aún recuerdo, la que me suenan como un tesoro muy preciado, es la de la saga familiar que le hizo invertir innumerables horas almacenadas en la memoria con mucha claridad y valor para expresar una novela digna de redactar por su valor.

Doña Hilda y el ateneo van de la mano y en el mismo curso, la alegría de servir al prójimo se hace notar en su labor de receptora de una comunidad que a diario consultaba la biblioteca, participaba en los talleres dictados por excelentes facilitadores entre los que se encuentran miembros de la dinastía Colombo y compartían la charla por las tardes solariegas. Cuando en forma particular hablaba con ella me entretenía en un viaje que nos alejaba de esa maraña enrarecida en un plano agreste que nos acercaba a la violencia de Chávez, un especie de imaginario que me llevaba a internarme en el universo de la imaginación. Es bueno recordar que el ateneo no recibió en momento alguno apoyo del gobierno ni de la empresa privada y se debate entre los muchos desaciertos culturales que amenaza acabar la revolución que ronda en la mente dislocada de los dirigentes rojitos. Duele manifestar esto pero la obra retro de nuestro gobernante nos hace transitar directo al reino alucinante del pasado, echando por tierra una máxima prescindible del marxismo como lo es la del hecho reaccionario.
La amistad, la bondad y la alegría mostrada por doña Hilda eran las mejores cartas de presentación que ella poseía. Con una apariencia de madre bondadosa, de persona solidaria, sin prejuicios; sensible en el buen sentido de la palabra, cuando de la injusticia se trataba, como si nunca hubiera perdido el don apacible de la alegría o al menos no se la dejaba robar, como decía el humanista español. El ateneo amparó, hechó raíces, creó movimientos de opinión, fundó su sello editorial, contribuyó a la formación integral de muchos hombres. Por otro lado doña Hilda, Juandemaro, Sol, Óscar, los ateneístas y los vecinos le dieron sentido al oro ineludible de la calidad humana. Soñaron las fidelidades de la libertad de opinar, de discutir y respetar, para hacer realidad la pluralidad y examinar hecho cruciales de la política y la cultura nacional. El ateneo irradia un rayo de luz que guardamos con un tesoro. Porque ha sido una regalo de la familia Querales Álvarez a nuestro transitar por la literatura y el arte.
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