ESCRITORES CONOCIDOS
El primer contacto con la literatura colombiana que se me viene a la memoria fue una narración amazónica llamada Leyenda de Yurapary, la cual se supone es realizada por el indio José Roberto, trata sobre un héroe mítico, conocido en Brasil y Colombia. Esto me llegó por intermedio de un vecino que provenía de la bella ciudad de Pamplona. Por casualidad estudiaba conmigo en Fe y Alegría en la violenta década de los sesenta. Cuando transitar por el barrio no representaba peligro alguno y casi extraño presenciar un duelo entre la desaparecida Digepol y las células urbanas de las guerrillas de aquella época. Sólo por las noches, en nombre del estado venezolano, se presentaba un batallón de militares, hacía un recorrido y se realizaba el ejercicio de rigor de la redada y por eso, era que se escuchaba de cuando en vez un traqueteo de ametralladoras por aquellos que trataban de evadir el cerco policial.
Un año escolar de 1968 mí abuela Emma y yo llegamos a La Victoria. Fue una situación muy extraña pues debimos convivir en caserones enigmáticos con fantasmas incluidos. Viajamos en un autobús de la línea Paz Castillo que mostraba toda la belleza de un clima y un paisaje desconocido. Aquí se recordaba mucho a José Félix Ribas. Este era un mundo distinto a la metrópolis capitalina y la maestra de cuarto grado me prestó un libro muy interesante llamado El Carnero del bogotano Juan Rodríguez Freyle, era sin duda alguna una obra crónica monumental con una realidad maravillosa. Es decir, llegó un tesoro literario a mis manos por el cariño maternal de mi educadora.
La ciudad de La Victoria era un centro cultural muy importante y se recordaba la visita de grandes escritores, comenzaban por Andrés Eloy Blanco, Nicolás Guillén y un poeta extraordinario como Pablo Neruda, quien conocí a través de sus obras en una suerte de arca de la fantasía: la Librería Blanca Nieves, lamentablemente desaparecida del mapa. Entré en contacto con otros escritores muy interesantes como José María Vargas Vila, el cual había conocido por una película mexicana y logré dar con su libro prohibido Aura o las violetas, el cual estaba abandonado en el anaquel secundario, al lado de nuestro clásico Doña Bárbara. Eddie López Jaspe, victoriano de pura cepa, siempre fue amable con los jóvenes que pernoctábamos en la Casa de la Cultura y nos recomendaba textos de autores colombianos por el hecho de haber estudiado allá donde murió El Libertador y claro está, por entrar en contacto con la literatura del hermano país. Así nos hablaba de José Eustasio Rivera, César Uribe Piedrahíta, Eduardo Zalamea Borda, Eduardo Caballero Calderón, Jorge Zalamea Borda y otros que se me escapan de la memoria. En el caso de Jorge Isaac ya era notorio haber leído María, su opera prima, en Caracas asistí con mi madre Maruja a un película prehistórica de 35 mm del director mexicano Rafael Bermúdez Zataraín, por cierto desapareció de la memoria fílmica.
Dentro de este periplo en el plano literario el propietario de la Librería Blanca Nieves un día me contó que había llegado una novedad a su negocio, además me aseguró que estaba pasando algo curioso con la novela, se vendía como pan caliente y más que la guaracola y el aliado en la popular bodega de Cecilio. Me explicó que al boom literario había entrado el colombiano Gabriel García Márquez por la puerta grande con una novela llamada Cien años de soledad, era tan buena que hasta Jorge Luís Borges hablaba bien de la obra. En el exhibidor estaba la diseñada por el pintor Vicente Rojo para la llamada edición príncipe de la editorial Suramericana de 1967. Indudablemente era una especie de coctel de la literatura que me había hecho conocer la sor Ángela en la escuela “San Judas Tadeo” de Fe y Alegría, allá en Bruzual. Impresionante la obra que me había hecho recordar a Defoe, Las mil y una noche, sagas medievales, Don Quijote y pare de contar. Con el tiempo, la extraordinaria narrativa de Gabriel García Márquez se fue volviendo como más cotidiana y fue una gran experiencia cuando lo conocí en la ciudad de Caracas comiendo en una arepera de lo más tranquilo, junto a otros amigos de él, que después encontraría yo en encuentros literarios. Era en los tiempos del arribo al mundo político del Movimiento al socialismo, que me marcaron para siempre y en donde pude conocer a Jacobo Borges, Antonio Fernández, Luís Brito García, la biblia Julio Jáuregui, Juandemaro Querales y Gilberto Abril Rojas. El caroreño fue un digno tutor, Julio Jáuregui un gran orientador y Gilberto Abril Rojas una especie de alter ego que vivía dándome casquillo para participar en eventos literarios. Juandemaro Querales me presentaría al único venezolano que aparecía en la guía telefónica de la Rusia socialista imperialista, a Tito Núñez Silva, poeta y comandante guerrillero, Juan Páez Avila, premio nacional de periodismo y a ese gran escritor maracucho Blas Perozo Naveda, quien no merece mayores alabanzas y sí materia de estudio.
A Eddy Rafael Pérez lo conocí en una librería de Caracas, casualmente estaba buscando una novela de Álvaro Mutis, porque una vez me solicitaron un texto sobre este escritor colombiano. Surgió entonces un gran interés por este excelente escritor que se hizo más profundo cuando descubrí varias obras de él y Raymundo Santurio, el popular Mundi, me regaló una de esas antologías que publicaba la editorial Oveja Negra. Sin embargo, debo hacer patente el hecho de citar a uno de esos escritores latinoamericanos que no tuvieron la suerte de entrar a las grandes editoriales como en el caso de Fernando Soto Aparicio, a pesar de haber ganado premios literarios en España, él sufrió la sombra de Gabriel García Márquez. Pero La Rebelión de las ratas fue una novela que requiere de un estudio mayor, su edición sobre pasa un centenar legal y el doble de manera ilegal, es un impacto editorial que nos mueve con mucha curiosidad hasta el presente. Sólo que en este momento digo que los críticos colombianos no fueron leales con este autor que pudo haberse convertido en un segundo premio Nobel del hermano país. Sufrió la misma fortuna que nuestro Rómulo Gallegos. Sigo pensando todavía que en todo el mundo existen muchos autores que no han recibido el premio de la academia sueca por la falta de interés de su país de origen y en muchos casos poco o nada han aportado a la literatura, recordemos a James Joyce, Rubén Darío, Jorge Luís Borges, etc.
Pero Gilberto Abril Rojas ganó el premio de novela histórica en Estados Unidos por la Segunda Sangre, lo conocemos en su faceta de promotor literario, de comunicador y de organizador de gremios culturales, lo cual, observado desde el atalaya, es como un genio mágico en estos asuntos. Se ha dado a la tarea de rescatar escritores y poetas que se han sumido en el silencio, posiblemente más bolivariano que los chavistas que han hecho de la figura de Bolívar una máscara, por el hecho de acabar con todo su ideario. Lo cierto es que la gran novela de Gilberto Abril Rojas aparece entre las mejores del siglo anterior y en su regreso a suelo de Boyacá ha realizado una serie de actividades que van desde la fundación de instituciones hasta su trabajo en el plano editorial. Por un caso extraño volvió a su tierra natal, allí dedica parte de su tiempo a esta profesión del oficio de la palabra.