SOBRE EL LAGO
Al mirar atrás en el tiempo ciertas cosas de nuestra existencia las añoramos algo más; es decir, las que la indiferencia se está consumiendo: los domingos en la Plaza Ribas, la odisea de viajar por las fabulosas curvas de San Pablo, las citas clandestinas con la estudiante de filosofía en el patio del Museo de Bellas Artes, el encuentro fortuito con los camaradas del amnistiado M-19 en la Avenida Chile o Calle 72, la literatura barroca en que todo parece estar cubierto de un manto de mil maravillas y el lago de Maracaibo.
El lago que ha ido perdiendo parte de su belleza gradualmente no ya sólo por la explotación del oro negro o el gas, sino por otros lamentables efectos globales: la tecnología indiscriminada que lo invade, diezmando el paisaje natural que lo caracteriza; los desperdicios que recibe sin resistencia alguna, los restos de materiales industriales que atentan prácticamente contra la biodiversidad marina, el aumento del bióxido de carbono que le causa una especie de niebla permanente, el crecimiento de las aguas negras que pasan libremente al estuario. Cuando la fauna marina desaparezca, nuestro gran lago especulo y es una opinión muy particular habrá perdido muchas fuentes alimenticias pero sobre todo el tesoro de miles de especies acuáticas.

Mientras tanto, los admiradores del lago nos consolamos escuchando la desidia del lago Victoria y el abandono de las calles de agua de la romántica Venecia. Los cronistas de Indias que vertieron páginas de oro sobre la historia de esa gran entrada al continente americano fueron nuestros mejores analistas sobre el lago de Maracaibo. Juan de Castellanos comparte de una manera enfermiza su admiración por este montón de aguas estancadas: los que llegaron por esa ruta desde el mar Caribe lo hicieron para invadir el continente, desde luego, pero también los que arribaron para llevar una relación de hechos históricos y para fabular con la literatura. La colección de dichos recaudos, las incidencias poéticas y narrativas, con su delta de grandes fantasías y la tendencia de nombrar grandes novedades comienza con fray Pedro de Aguado, religioso franciscano nacido en Valdemoro, en su Recopilación Historial de Venezuela, durante su época nos visitaron Jhon Hawkins, Nicolás Valier, Lowell, El Olonés y Michel El Vasco, además de otra suerte de piratas y corsarios consumados. Pero también fray Pedro Simón nos da una visión sobre el lago y lo mismo hace Humboldt a su paso con toda su comitiva científica.

Por encima de los poetas y narradores, con el respeto que se merece José Rafael Pocaterra, Tierra de Cascabeles y Maracaibo City forman capítulos separados. No sólo son ejemplos de la novela completa, sino los libros que rescatan la reflexión filosófica, histórica y sociológica de los habitantes en torno al lago en una totalidad. Juandemaro Querales, Eddy Rafael Pérez, Ibsen Martínez, Denzil Romero y el desaparecido Caupolicán Ovalles entre otros colocan estas obras en lo más alto, tomando en cuenta la temática. Todo lo que aportaron fray Pedro Simón, fray José de Oviedo y Baños como Rafael María Baralt quedaron en la cola en el plano de la ficción. El espejismo de ese gran patrimonio que se hunde en las profundidades de la desidia donde somos protagonistas, es la imagen y la realidad de cuanto nos asedia.
En el desarrollo de sus novelas Blas Perozo Naveda desentraña un cúmulo de situaciones de cifras literarias que evocan las aguas transparentes de siglos olvidados. El lago es una fuente inaogotable para desarrollar creaciones narrativas, poéticas y ensayísticas de las más diversas características.
El lago que ha ido perdiendo parte de su belleza gradualmente no ya sólo por la explotación del oro negro o el gas, sino por otros lamentables efectos globales: la tecnología indiscriminada que lo invade, diezmando el paisaje natural que lo caracteriza; los desperdicios que recibe sin resistencia alguna, los restos de materiales industriales que atentan prácticamente contra la biodiversidad marina, el aumento del bióxido de carbono que le causa una especie de niebla permanente, el crecimiento de las aguas negras que pasan libremente al estuario. Cuando la fauna marina desaparezca, nuestro gran lago especulo y es una opinión muy particular habrá perdido muchas fuentes alimenticias pero sobre todo el tesoro de miles de especies acuáticas.

Mientras tanto, los admiradores del lago nos consolamos escuchando la desidia del lago Victoria y el abandono de las calles de agua de la romántica Venecia. Los cronistas de Indias que vertieron páginas de oro sobre la historia de esa gran entrada al continente americano fueron nuestros mejores analistas sobre el lago de Maracaibo. Juan de Castellanos comparte de una manera enfermiza su admiración por este montón de aguas estancadas: los que llegaron por esa ruta desde el mar Caribe lo hicieron para invadir el continente, desde luego, pero también los que arribaron para llevar una relación de hechos históricos y para fabular con la literatura. La colección de dichos recaudos, las incidencias poéticas y narrativas, con su delta de grandes fantasías y la tendencia de nombrar grandes novedades comienza con fray Pedro de Aguado, religioso franciscano nacido en Valdemoro, en su Recopilación Historial de Venezuela, durante su época nos visitaron Jhon Hawkins, Nicolás Valier, Lowell, El Olonés y Michel El Vasco, además de otra suerte de piratas y corsarios consumados. Pero también fray Pedro Simón nos da una visión sobre el lago y lo mismo hace Humboldt a su paso con toda su comitiva científica.

Por encima de los poetas y narradores, con el respeto que se merece José Rafael Pocaterra, Tierra de Cascabeles y Maracaibo City forman capítulos separados. No sólo son ejemplos de la novela completa, sino los libros que rescatan la reflexión filosófica, histórica y sociológica de los habitantes en torno al lago en una totalidad. Juandemaro Querales, Eddy Rafael Pérez, Ibsen Martínez, Denzil Romero y el desaparecido Caupolicán Ovalles entre otros colocan estas obras en lo más alto, tomando en cuenta la temática. Todo lo que aportaron fray Pedro Simón, fray José de Oviedo y Baños como Rafael María Baralt quedaron en la cola en el plano de la ficción. El espejismo de ese gran patrimonio que se hunde en las profundidades de la desidia donde somos protagonistas, es la imagen y la realidad de cuanto nos asedia.
En el desarrollo de sus novelas Blas Perozo Naveda desentraña un cúmulo de situaciones de cifras literarias que evocan las aguas transparentes de siglos olvidados. El lago es una fuente inaogotable para desarrollar creaciones narrativas, poéticas y ensayísticas de las más diversas características.
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